Relato | Las trapecistas no tenemos novio



De las mujeres de mi familia he heredado las canas prematuras y una tendencia sádica a sentarme en el borde de las sillas. Puede parecer un gesto inocente de feminidad antigua, pero aparte de sobrecargar considerablemente las lumbares y los gemelos, oculta el placer siniestro de sentirse al borde del abismo, de no permitirse nunca descansar del todo.

   Mi abuela y sus hermanas pertenecen a esa generación en la cual ser limpia y servicial estaban en el máximo de las aspiraciones para una mujer de familia humilde. Vivir alerta de lo que los demás pudiesen necesitar era en cierto modo dignificarse, y ser pulcra, tanto en la casa como consigo mismas, significaba quitarse de encima la asociación perversa de pobreza y mugre.
   La memoria puede estar en cualquier parte y yo guardo su sentido de alerta en la base misma de la columna vertebral, así que cuando me sorprendo a mí misma sentada como todas ellas, recuerdo que yo no tengo que servir a nadie. De modo que aunque esté incómoda mantengo la postura, porque sólo así soy consciente hasta los huesos, de que no hubiese llegado hasta aquí si no me hubiese mantenido siempre en tensión. 
Bibiana Candia, Las trapecistas no tenemos novio, 2016.separador de posts catjpg
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